sábado, 29 de marzo de 2008

Miseria de la psicología (5): la huida a los "trasmundos"

Verifico a veces con fastidio, a veces con irritación, que la mayoría -por no decir todas- las páginas dedicadas a psicología ignoran, desatienden, eluden el hacerse cargo psicológicamente del presente, y no me refiero sólo al presente personal, sino al presente histórico. O bien hay un volverse al “interior” del individuo (una supuesta intimidad a-histórica) o un volcarse un exterior fáctico: conductas, cerebro, estados físicos, también a-históricos. Cuando digo que ignoran la circunstancia contemporánea, no me refiero a que no se publique algún artículo “sociológico” sobre la situación actual, algún “reportaje” o algún informe peridístico, sino que no hay sitio (no hay capacidad de pensamiento) para una interpretación psicológica del fenómeno. No sólo no se psicologiza la circunstancia mundial, sino que además se sociologiza y mitologiza el mismo discurso psicológico: se habla de masculino y femenino, de contacto con el cuerpo, de hemisferios cerebrales, de relaciones personales, de padres e hijos, etc. De lo que nunca se habla es justamente del alma. Sólo se habla de "las gentes”, cuando no “de los cerebros de las gentes” (lo cual ha sido justamente llamado “la falacia antropológica”)

Las páginas “junguianas” abundan en referencias a bestiarios medievales, cuentos de hadas, símbolos arcaicos y todo tipo de imaginería más o menos esotérica que no puede ya reflejar, mucho menos hacer psicológicamente comprensible, el presente tal como se hace manifiesto día tras día, por ejemplo, en la progresiva destrucción ecológica o en la globalización económica, o en la emergencia de medios tecnológicos que alteran la comunicación y la transportan a niveles nunca sospechados (Internet, SMSs, iPhone, etc.). En la psicología profunda hay una huída a “la infancia” no sólo literal, al más puro estilo freudiano, sino a esa infancia simbólica en la cual el ser humano podría vivirse contenido e identificado con un cosmos “animado”. Este infantilismo se manifiesta en los intereses y ocupaciones de los llamados psicólogos junguianos: mitos, cuentos, religiones antiguas, sincronicidad, misticismo y espiritualidad de otros tiempos y otras culturas. Ante la circunstancia presente de Occidente, la psicología hace gala manifiesta de puerilidad. Aquí, pareciera decir, no ha pasado nada. ¿Pero es posible “vivirse contenido e identificado con un cosmos animado” en tanto la misma supervivencia del planeta parece depender hoy más que nunca de la actividad de los hombres y de sus decisiones tecnológicas o se trata más bien de una impostación? Cuando el planeta está rodeado de satélites que controlan todas sus regiones, o cuando la astronomía nos ofrece un universo poblado de agujeros negros, galaxias y estrellas que aparecen y desaparecen a lo largo de millones de años, y cuando nos hallamos en situación tecnólógica de enviar naves espaciales a otros planetas? ¿No será acaso un jugar a vivir “como si” los planetas hablaran, los ríos susurraran, y la “naturaleza” estuviera habitada por gnomos y elfos? ¿no será esto una neurótica negación de que los ríos están contaminados y no volverán a ser lo que fueron, y los planetas -al menos los del sistema solar- son cada vez más pasibles de progresiva colonización, y “la naturaleza” en el que nos toca vivir ya no es “la naturaleza” en el que vivieron nuestros antepasados?

El que argumentos tan pertinaces y tan precisos como los de Wolfgang Giegerich no sólo no sean respondidos, sino que ni siquiera sean comprendidos, y no digo ya por el aficionado, sino por los mismos profesionales de la psicología, es un síntoma más de esta miseria actual.

Ya en 1978, en el artículo que traduje y publiqué en la web, “El presente como dimensión del alma”, entre otras cosas Giegerich afirmaba:

El carácter que un objeto tiene para nosotros no depende simplemente de su naturaleza real, sino aún más de la conciencia que lo aprecia. Una golondrina no hace verano, pero ni siquiera mil golondrinas lo hacen. Aplicado a la psicología esto significa: no todo lo que es acerca de la relación madre-niño, complejos, el anima y la individuación es ya ipso facto psicología. Los conceptos y los contenidos de la psicología no constituyen per se el carácter esencial de la psicología. Lo que es decisivo es más bien que la orientación de la conciencia dentro de la cual se perciben en estos contenidos sea ya psicológica.

Estoy objetando aquí al empirismo en la psicología, a esa posición que cree que los problemas psicológicos pueden resolverse científicamente y directamente, dentro de la estructura y sobre la base de la experiencia empírico-práctica, sin que uno simultáneamente se haya comprometido en reflexiones acerca de cuestiones fundamentales de una naturaleza filosófico-arquetipal. Pero el tema de las propias presuposiciones no deben de este modo ignorarse, porque es precisamente una parte integral de la constitución de la psicología: los objetos psicológicos y la estructura arquetipal de la consciencia que los considera son los dos momentos que sólo juntos constituyen la fenomenología psicológica.


Una psicología analítica que opera con una fantasía empirista… se cree capaz de ver en lo “objetivamente dado” la totalidad del fenómeno psicológico, mientras que es, después de todo, sólo un aspecto parcial, y además una abstracción. Mi interés es acerca de la dirección particular en la que tendría que moverse una investigación psicológica a fin de volverse psicológica en primer lugar. Estoy buscando la dimensión del alma y de la psicología; quiero hallar, y consolidar, el espacio particular que por sí solo hace posible una psicología como psicología, y le permite prosperar.



En 1988, en su “El significado de nuestro problema nuclear para la psicología analítica”, Giegerich insistía en la importancia de la bomba atómica como elemento de "aterrizaje", como amenaza no sólo fáctica sino psico-lógicamente real, a fin de compensar la huida al trasmundo. Donde entonces dijo “bomba atómica” hoy podría ponerse “cambio climático”, sin alterar el contenido de su aguda reflexión. Allí escribía:

El enfoque técnico de la realidad sólo reconoce al ego humano como sujeto, y a los deseos del ego como la intención real. La psique sufriente se reduce a una función que, en sí misma, no tiene significado, o a un objeto para nuestra acción intencional. El enfoque sintético-finalista en cambio garantizaba también subjetividad e intencionalidad al fenómeno. Jung quería averiguar lo que la patología quiere o busca, en contra de lo que yo, el analista, o él, el ego del paciente, quiere. El enfoque finalista implica la idea de la realidad de la psique y la idea de la psique objetiva, que puede llamarse real y objetiva precisamente porque se le garantiza su propia subjetividad, e incluso personalidad. Todo pensamiento analítico-reductivo, por contraste, tiene que haber negado la autenticidad de lo real desde el comienzo. No quiere conocer el fenómeno en su verdadera esencia. Sólo quiere saber cómo tratarlo. Las ciencias modernas en el fondo son autoeróticas.…el "finis" no debe entenderse tanto como fin temporal que yace en el futuro por delante nuestro, en el sentido de la concepción linear del tiempo como sucesión, sino más bien que se extiende en la profundidad o la altura de la esencia oculta o el contenido esencial del presente

El verdadero terapeuta no es el analista, sino la enfermedad. Por esto Jung pudo incluso llegar tan lejos como para afirmar que en la neurosis se oculta nuestro mejor enemigo o amigo. Con esta metáfora, se le da expresión definitiva a la subjetividad e intencionalidad del fenómeno discutido bajo el primer movimiento de Jung. El fenómeno es visto como una verdadera personalidad. Finalmente, si no al principio, tenemos que considerar la patología como nuestro mejor amigo. El desorden es el advenimiento de un extraño (ciertamente no querido) o un enemigo (hostis) a recibir en nuestra casa como huésped (hospes), y a cuentas de la cual recepción hospitalaria puede revelarse como el amigo que todo el tiempo había sido.… Esto equivale a una inversión de la actitud común respecto a la neurosis. Aquí Jung presionó más allá de la mente "natural" en el sentido del "opus contra naturam" alquímico. Inversión no significa aquí un simple dar la vuelta en el mismo nivel, un intercambio de más por menos o de pro por contras -sería absurdo enfocar la neurosis de este modo no dialéctico. Más bien, esto es un caso de superación dialéctica (Aufhebung) por la cual el nivel íntegro de la mente "natural" es sobrepasado y se alcanza un nivel de reflexión completamente nuevo.

En tanto individuación se entienda como lo opuesto de socialización o adaptación y en términos del contraste yo versus ellos, podríamos decir que nos movemos sobre un plano horizontal, el plano de la relación sujeto-objeto o introversión versus extraversión. Por el contrario, la noción de Jung de individuación tiene una dirección vertical. Su dinámica es de descenso a las profundidades. La fantasía detrás de esta noción es que la vida humana en tanto existencia psicológica comienza arriba en las nubes, en el reino supraterrestre de las generalidades abstractas o idealizaciones arquetipales. Aún cuando la mente natural nos llama Erdenbürger (habitantes de la tierra, terrícolas) desde el momento en que nacemos (y esto es correcto en cuanto se refiere a nuestra existencia literal), Jung entendió que psicológicamente el ser terrícolas no comienza en absoluto con nuestra vida en la tierra y en la actualidad concreta. Es en cambio nuestra tarea a lo largo de toda nuestra vida: descender lentamente de las sublimes alturas para arraigar en la realidad singular por primera vez. No somos "reales" en el sentido de concreción, sino que tenemos que volvernos reales. La auto-realización, en el sentido de Jung de individuación, está así a enorme distancia de lo que este término sugiere normalmente: una especie de sublime auto-indulgencia, auto-expansión, un morar en y un desarrollo de los propios sentimientos, ideas, inclinaciones, habilidades privadas, etc. En cambio auto-realización es básicamente el movimiento hacia abajo de aterrizaje, el fundar nuestra existencia psicológica u ontológica en lo singular, el abrumar nuestro brillante idealismo mediante la realidad de la oscura sombra.

Vivimos en la abstracción del platonismo de nuestra tradición occidental y este platonismo está apoyando ante todo por, y celebrado en, las ciencias modernas. Aquí llega a su plenitud. Las ciencias construyen una red cada vez más estrecha de construcciones abstractas, y al hacer pasar sus resultados como el mundo efectivo, nos encapsulan más y más en una esfera platónica de esencias intemporales (leyes generales) y nos divorcian del mundo concreto, aún más de lo que ya lo estábamos desde el comienzo. La claridad de los descubrimientos científicos y el hecho de que nos permitan manipular tan exitosamente la naturaleza no cambia el hecho de que psicológicamente nos mantienen alejados e inconscientes de lo real. Ponen una niebla entre nosotros y el cosmos. La niebla es tan densa que somos empujados a pensar que no hay nada allí. No podemos verla como una niebla que esconde el mundo real.

Más próximos a casa encontramos en la misma psicología junguiana algo que se presta a un entendimiento platónico. Me refiero al acento en los arquetipos y los símbolos. Amplificando siempre las imágenes con vistas a llegar al significado arquetipal, uno por supuesto se aleja de lo real efectivo hacia las esencias intemporales, abstractas. Aún cuando mucho en Jung se ha interpretado como apoyando esta tendencia platónica, como podríamos llamarla, y aún cuando Jung no siempre parece haber sido el mejor intérprete de su propia visión, Jung entendió básicamente que con el modo platónico o esencialista de mirar al mundo no puede alcanzarse el mundo efectivo, la realidad actual del ser humano; de hecho, no sólo se los pierde, sino que se los aniquila activamente. Y por esto Jung propuso su idea de individuación como una especie de contra-programa para salvar el fenómeno efectivo, que siempre es un individuum ineffabile en un momento concreto. Esto, el individuo inefable debajo de la infima species de Aristóteles como la verdadera realidad, es a lo que aspiraba la idea de Jung de individuación.

En la psicología junguiana convencional, el empalme dialéctico entre lo arquetipal y la individuación se oscurece con la interpretación personalista de la individuación por un lado, y la interpretación platónica del arquetipo como arquetipo en sí mismo, por el otro. En la psicología arquetipal esta dialéctica se ha vuelto evidente. Fue el mismo movimiento que obligó a Hillman a acentuar lo "arquetipal" por encima de lo "analítico" o "complejo" en el nombre de esta psicología el que más tarde le hizo acentuar, como "psicología de las imágenes", la respuesta estética al rostro o imagen de mi situación concreta que se presenta aquí y ahora. La individuación no tiene que referirse a la individualidad personalista del ser humano, mi yo-idad. Va más allá de eso hacia una individualidad ontológica. Puede verse que detrás de la idea de Jung de individuación está el impulso a rescatar la individualidad en el sentido de la unicidad de la experiencia sensible, no intercambiable, como el constitutivo final de la realidad. Pero esta individualidad no es lo "meramente individual", separado de la profundidad o altura arquetipal de la psique, como ocurre en todas las interpretaciones empiristas y existencialistas de la individualidad.


La idea de Jung de la individuación de la humanidad y obras de su vida como Aion muestran cómo Jung enfoca la psicología del individuo en el contexto de nuestra época y los milenios de nuestra tradición. Por íntima e individual que pueda ser la terapia, en tanto que tal empresa íntima, es más que un asunto privado. La psicología se extiende hacia una dimensión cosmogónica y cósmica. Y puede hacer esto porque ya no es más el Fach (campo compartimentalizado de estudio, especialidad) científico que trata un compartimento de la realidad llamado "el interior del hombre" junto a otras disciplinas o ciencias que tratan todos los otros compartimentos, sino que ha alcanzado un nivel totalmente nuevo de consciencia en el que se ha vencido todo pensamiento compartimental. La psicología implica una posición muy diferente y fresca respecto al mundo como un todo, dejando detrás las posiciones científica y religiosa, al llevar sus contenidos, como un momento superado, consigo.


Nuestra situación es muy diferente de la del hombre antiguo. Este sólo tenía que vivir con el conocimiento de su muerte personal. Nuestra bomba, por contraste, mantiene la promesa de la aniquilación de todo el mundo habitable. Como tal es un símbolo, no del declive de esto o aquel contenido de consciencia o de este o aquel portador de consciencia, sino el símbolo de la decadencia del “mundo” entero, es decir, del nivel o constitución imperante de la consciencia como un todo. En cuanto tal, la bomba es nuestra única oportunidad real de un futuro verdadero.

Un futuro verdadero implica una apertura hacia un nivel enteramente nuevo de consciencia. Sin el declive de la consciencia presente ontológicamente estaríamos viviendo en el pasado. Por supuesto, pueden hacerse todo tipo de cambios y adiciones dentro de la antigua casa de la consciencia, pero de todos modos permaneceríamos encerrados en la antigua estructura para morir este otro tipo estéril de muerte que fue descrito por Nietzsche como la vida del último de los hombres:
"La tierra se ha vuelto pequeña, y sobre ella salta el último hombre, que lo empequeñece todo. Su raza es inextirpable como las moscas; el último de los hombres es el que vive más. "Hemos inventado la felicidad", dicen los últimos hombres, y guiñan los ojos..."

La psicología junguiana no está libre de la presencia del último de los hombres. Sólo tenemos que mirar a la inundación de publicaciones psicológicas que han aparecido en los últimos años para paladear abrumadoramente la vergonzosa autocomplacencia del último hombre. Todos estos libros parecen decir “Hemos inventado la felicidad, conocemos las respuestas”, y también guiñan los ojos. Vuelven todo pequeño y barato, incluso lo más sagrado, al inflarlo: Dioses, significado, símbolos, sueños, creatividad, individuación, arquetipos. Quisieran enjaularnos en el sentimentalismo y nostalgia de una disponibilidad consumista de los tesoros espirituales del pasado como si fueran drogas para crear algún tipo de “subidón” psicológico. Es penoso ver cuánto de la psicología es ilusorio. Pero en esta ilusión, que es la felicidad del último de los hombres, la bomba golpea como un rayo. ¿Qué otra cosa sino la temible bomba puede atravesar toda la caparazón en la que el último de los hombres se ha asentado, y traerle a casa el hecho de que lo que cree que es su felicidad es de hecho una muerte lenta, su momificación de por vida?


En la mayoría de las ciudades occidentales se han creado calles peatonales en los últimos diez o veinte años. Esto es ejemplar. ¿Cuál es la fantasía inconsciente o el deseo que se expresa en la necesidad de este cambio? En las zonas peatonales, la diferencia entre la acera y la calle ha sido nivelada y se ha prohibido el tráfico de coches y camiones. Los peatones quieren estar entre ellos, sin que les moleste el flujo de la vida autónoma, objetiva, de nuestra civilización tecnológica. Tal como el mundo de-uno-mismo-subjetivo-autocontenido de los egos humanos. Como lo viera Jung, las máquinas tecnológicas, los coches, los aviones, etc., son el equivalente psicológico moderno de los monstruos, dragones y otros animales del alma de la mitología antigua. Ahora el hombre quiere aislarse de los humos venenosos de nuestros dragones, el ruido y el hedor del tráfico. Psicológicamente se retira a la inocencia e inofensividad de una isla humana-demasiado-humana de los bienaventurados, de la cual la zona peatonal es un símbolo externo. Esto es más que una mera alegoría. Revela la fantasía dominante hoy, la fantasía dominante probablemente también detrás de gran parte de la psicología con su interés autista por la introspección, la auto-realización, el autodesarrollo, grupos de encuentros, experiencias pico, etc. En contra de este humanismo autocomplaciente, la bomba es el Portador de lo Inconsciente, en el sentido de Jung. Es una idea aduladora que lo inconsciente se manifieste primariamente en nosotros como nuestros deseos instintivos, sexuales, nuestras fantasías y síntomas. El verdadero inconsciente, como siempre, está afuera a nuestro alrededor. Hoy está en nuestra tecnología y en la condición económica del mundo. Aun cuando Jung dijo que el proceso de individuación tal como lo concibió no excluye, sino que incluye al mundo, la psicología hoy todavía tiene el mundo fuera de sí. La psicología es ciega y sorda respecto a las grandes situaciones de nuestra era. No tiene nada que decir del dinero, la banca, la economía; de los nuevos descubrimientos en las ciencias; de la industrialización, del desempleo y la distribución del trabajo. Todo ello permanece fuera de las premisas confortables de la psicología. Si “el hombre moderno está en busca de un alma”, entonces alma aquí significa el interior privatizado del individuo, separado del flujo principal de los acontecimientos.


En 1993, en desafiante “Matanzas”, Giegerich advirtió:

Por más de dos mil años el alma ha cerrado este acceso a la efectividad para sí misma, hasta ahora su único acceso. Desde entonces la humanidad occidental ha vivido de sus reservas, de los restos de los recursos de significado generados en eras anteriores. Al haber abandonado el sacrificio, no tenemos modos de reponer aquellos recursos. A medida de que estos recursos se agotan más y más, la humanidad inadvertidamente ha derivado hacia la irrealidad y la abstracción. La irrealidad es absoluta en tanto aparece en el disfraz de su opuesto: "la realidad positivista”. A menos que el alma halle algún modo distinto de la matanza sacrificial para general verdaderamente y alcanzar la realidad, no puedo ver cómo pueda la vida volver a arraigarse en un significado real y no tan sólo en un sustituto falso; cómo podría la humanidad verdaderamente volver al mundo y bajar a esta tierra, transformando el mundo en un mundo humano. Creo que hay ese acceso a la realidad fundamentalmente distinto, pero aún está ausente, todavía yace en el futuro. Quizás se lo encuentre antes si estamos dispuestos a admitir que es un eslabón perdido (ausente), y a sufrir sin compromisos la vaciedad, la falta de sentido y la irrealidad que implica su ausencia.

Y en su apéndice, en la Respuesta a Hillman, aclaró:

Esto me lleva al uso de “Dioses” en la psicología arquetipal. ¿No podría ser que si se aplica el “ver a través” propio de la psicología arquetipal a los productos de la misma psicología arquetipal se descubra que alguna de sus interpretaciones no tienen el status de “verdad implacable”, sino que pertenecen a un tipo de mundo Disney? ¿Que los “Dioses” vistos por algunos psicólogos en los fenómenos de hoy son como pegatinas puestas sobre los fenómenos más que una automanifestación de los Dioses en o a través de los fenómenos? Creo que este es el caso. Mucho del discurso sobre los Dioses me parece directamente ilusorio. Los fenómenos de la vida son semejantes a lo largo de las eras. Debido a las analogías formales es fácil interpretar los fenómenos de nuestro tiempo en términos de los Dioses que los griegos habrían visto en ellos. Pero para hacer esto uno tiene que sacar los fenómenos de hoy del contexto moderno actual que los informa y darles un status enteramente distinto.

¿Es tan inverosímil pensar que la psicología con su acento sobre las imágenes es un partícipe inconsciente, y de hecho un contribuyente, del poderoso movimiento de la humanidad occidental hacia el mundo artificial de la publicidad, los museos, los espectáculos, el turismo, Disneylandia, la realidad virtual, sólo que de un modo mucho más ennoblecido y en un nivel más elevado intelectualmente?

En 1996, en su "El error básico de la psicología”, Giegerich insistía en que:

la psicoterapia no es una profesión de ayuda en el sentido usual de la palabra. Su propósito no es corregir, curar, mejorar, ya sea el mundo o la gente individual. Tales intenciones son deseos subjetivos que surgen de nosotros como ego personalidades. Por supuesto, no hay nada malo con tales objetivos. Son muy naturales y muy humanos. Y con frecuencia la psicoterapia tiene de hecho un efecto curativo. Pero como ya el mismo Freud advirtió, el efecto curativo es un mero producto colateral (si bien deseable) del trabajo analítico, no su objetivo inmediato. El objetivo inmediato de la psicoterapia es el “análisis”, esto es, obtener conocimiento, hacer justicia a los fenómenos psicológicos penetrando en su núcleo más profundo y comprendiéndolos. Así, aunque los deseos de curarnos, de liberarnos de los síntomas, de mejorar y de crecer son legítimos intereses, no son las metas dadas para el proyecto llamado psicología o psicoterapia. Si, como dice el título de un libro, hemos tenido cien años de psicoterapia y el mundo va peor, ¿acaso había que esperar que fuera mejor? Y lo más importante, ¿sería tal expectativa una expectativa psicológica? No. La psicología no tiene que ver con mejorar el mundo, ni con la esperanza o con la desesperación. Tiene un trabajo que hacer. Este es su compromiso. Aquél que desee entrar en el campo de la psicología debe por ello cruzar un umbral, el umbral que separa nuestros sentimientos, necesidades y deseos de la intencionalidad “objetiva” que es propia de la psicología.

Las ideas que he bosquejado brevemente, demasiado brevemente, hablando inmediatamente al alma; cosmos, anima mundi, animar el mundo. Sencillamente se sienten bien. Evocan profundas anhelos y contienen una preciosa promesa. El único problema con ellas, creo, es que son psicológicamente anacrónicas o atávicas, tan regresivas como la idea del Concilio Mundial de las Iglesias de hace unos años de Salvaguardar la Creación. Y es por esto por lo que incluso se apartan las necesidades psicológicas reales de hoy y nos tientan a alejarnos de la situación real del alma. ¿Puede una conciencia que ha pasado por el proceso de cristianización regresar a una idea del mundo, la tierra, la naturaleza como un sitio del alma, un sitio de significación teológica o metafísica? El propósito mismo del cristianismo es vencer este mundo, y el anhelo más profundo del alma cristiana es de un mundo nuevo. El Cristianismo ha sido verdaderamente un acontecimiento incisivo en la historia del alma occidental. Con él, el velo del templo fue rasgado “de arriba abajo; y la tierra tembló y las rocas se desgarraron” (Mateo 27:51). Esto implica una revolución de la conciencia. Más que una revolución de la conciencia -ha ocurrido un cambio real, un corte real. No hay camino de regreso, así como hay camino de regreso detrás de la pubertad hacia la inocencia de la infancia, o detrás de la Reforma y la revolución francesa hacia un marco mental verdaderamente medieval. Por supuesto, siempre podemos repudiar lo que ha ocurrido, negar su realidad. Podemos fingir que lo que ocurrió no fue de hecho un acontecimiento psicológico tan real como un terremoto, sino tan sólo una falsa opinión o un sistema de creencias engañoso de nuestra parte, una visión humana de las cosas equivocada, nuestra falta de respeto por el planeta tierra. Las falsas opiniones o actitudes pueden corregirse más o menos a voluntad. Pero tales argumentos son excusas. Mediante ellos podemos, ciertamente, jugar a la “Edad Media” o incluso al “paganismo” de un modo semejante a cómo los veteranos de guerra vuelven a jugar las batallas de la Guerra Mundial. Esto siempre es posible, pero más que un pasatiempo es una huida.

Después de este cambio no veo cómo uno puede aún seriamente albergar la idea de un anima mundi. Esta idea es una verdad arquetipal, sin duda. Pero es una verdad que tiene su lugar legítimo en las culturas antiguas. Es parte de la psicología histórica. En nuestro mundo es sólo una ilusión, una expresión de nostalgia. Me temo que para la psicología no tiene más que el status lógico que tienen las telenovelas para las masas -y uso una comparación provocativa. Podría ser que la tarea psicológica que llamamos el magnum opus permanezca igual a través de las eras. Pero lo que obviamente no permanece igual es el nivel en que se plantea la tarea para nosotros. El cristianismo catapultó la psique hacia un nivel muy diferente, y es en ese nivel en el que la psique actualmente está donde tenemos que enfrentar nuestro magnum opus. Hoy la psique ya no está en el nivel de la antigüedad y de la psicología pagana.

Por supuesto, no debiéramos conectar ningún juicio de valor con esta observación. Si este cambio es bueno o malo es irrelevante, en tanto que es real. Ocurrió, y así la situación cambió totalmente. De modo que pareciera psicológicamente equivocado tratar de re-animar directamente el mundo, así como así, o esperar experimentar de nuevo la naturaleza como divina. Sería una nueva representación nostálgica de una situación psicológica histórica. No puedo ver cómo podríamos aspirar a una nueva cosmología, una nueva re-mitologización de la naturaleza. Y tampoco necesitamos una nueva mitología o psicología de la naturaleza. ¿Por qué? Porque ya tenemos nuestra psicología de la naturaleza. Nuestra real y legítima psicología de la naturaleza se llama física, un término que aquí incluye todas las ciencias naturales, así como nuestra psicoterapia real de la naturaleza o del mundo se llama tecnología. El trabajo psicológico que la tiene física en tanto psicología moderna de la naturaleza es demostrar que no hay nada divino en la naturaleza, no hay elfos, ninfas o espíritus. La naturaleza no es sino una especie de máquina, un sistema de leyes formales abstractas. Esta es la verdad del alma cristiana respecto a la naturaleza. Por lo tanto jugar al cosmos animado en contra del universo abstracto de la física no ayuda al alma; contribuye a la escisión neurótica, que prevalece en nuestra situación moderna. Poner la psicología y la psicoterapia en contra de la física y la tecnología, tan solo porque la física y la tecnología no satisfacen nuestras antiguas ideas de lo que tiene alma y qué no, ideas desarrolladas previamente cuando la psique estaba aún en un nivel muy diferente, es un acto de escisión. El alma ha emigrado del cosmos y se ha mudado al universo. Y, según parece, no lo ha hecho sólo como una broma o por error. Por lo que respecta al mundo natural, toda la pasión del alma parece ir hacia la física y la tecnología. Aquí es donde está la verdadera acción. Y parecería un grave error psicológico denegar el predicado de psicológico o emotivo (soulful) a aquello que está movido por tanta pasión del alma. Por supuesto, no deseo sugerir que el mundo tal como nos lo presenta la física es emotivo y animado en el mismo viejo sentido de la palabra, y no quiero que aspiremos a descubrir este viejo tipo de animación en la física, porque estoy de acuerdo que no puede encontrarse allí. Esta es la cuestión misma: que el significado mismo de alma y de emocionante ha cambiado. El alma ya no está donde estaba una vez. Y por doloroso que sea, nuestra trabajo es seguir poner a juicio nuestro pensamiento y adquirir una nueva definición de lo que es animado y reconocer la física y la tecnología como partes inalienables de nuestro trabajo en el alma. Esto exigiría que nuestra consciencia se someta a una revolución con respecto a sus categorías y que aprendamos a ver el alma donde menos lo esperamos y hasta ahora hemos detestado verla. ¿De qué otro modo podría vencerse la escisión neurótica? ¿De qué otro modo podría restituirse lo que por tanto tiempo ha sido mantenido separado del alma? Pero nos aferramos a la vieja idea de animación y por tanto negamos necesariamente la visión de la física de la naturaleza como expresión legítima del trabajo del alma hoy, insistiendo en cambio en una nueva cosmología, una nueva concepción de la naturaleza en términos del anima mundi. Y con ello profundizamos la escisión y repudiamos una parte esencial del magnum opus de hoy.

En mi visión el camino hacia el anima mundi está cerrado. La naturaleza está “acabada”, al menos en cualquier sentido psicológico, teológico o metafísico, y que esté “acabada” es el sentido mismo del mensaje que nuestra psicología de la naturaleza, la física, tiene para nosotros. En la medida en que el intento de re-mitologizar y re-animar la naturaleza fue un alejamiento del acento de Jung en la individuación, ¿simplemente regreso ahora con mi crítica del alma del mundo a la misma psicología de la individuación que los colegas junguianos preocupados por el mundo intentaron abandonar? Me temo que la idea del proceso de individuación, si se la examina críticamente, resulta pertenecer tanto a la psicología histórica como la psicología del anima mundi. Hoy la vida real de la psique no está en el proceso de individuación. Está en otra parte. El status lógico de la individuación es que ella está psico-lógicamente obsoleta, es verdaderamente cosa del pasado. Esto no significa que el proceso de individuación no exista o no ocurra más. Sólo significa que incluso cuando y donde ocurre, junto con la experiencia profundamente satisfactoria del significado, ocurre sólo desconectado, separado de lo que psicológicamente está de verdad aconteciendo en nuestra era y suspendido dentro de esa burbuja autocontenida que llamamos nuestra psicología personal.


El proceso de individuación está totalmente desconectado de lo que realmente está ocurriendo. El magnum opus del alma hoy no es la individuación, sino la globalización. Y globalización significa la eliminación de la identidad personal como algo de propio derecho y el sometimiento lógico de todo lo individual bajo la única gran meta abstracta del máximo beneficio: la ganancia debe aumentar, pero yo debo decrecer. El proceso de máximo beneficio (junto con la necesidad de que tanto compañías como individuos se erijan en competición global) provoca la sujeción de todo en la vida, y en verdad del Ser, bajo la lógica del dinero. Aquí se vuelve necesario recordarles que con estas afirmaciones no estoy dando mi programa. No estoy describiendo lo que pienso que sería bueno y correcto y deseable y debiera hacerse. Meramente intento formular el programa o la lógica inherente en el poderoso movimiento “autónomo” del alma.


No hay razón a priori por la que lo arquetipal, el magnum opus deba aparecer en la privacidad de la sala de consulta o en alguna otra vasija alquímica, y por la cual no podría tomar lugar en el mundo ahí fuera, en lo que pertenece al dominio público. Aquí quisiera introducir una frase acuñada por Goethe: “das offenbare Geheimnis”, “el misterio evidente o llamativo”. Lo que Goethe tenía en mente no era un misterio o secreto que había sido revelado. Quería decir algo que aún cuando es de conocimiento público permanece siendo un misterio. Acaso uno podría decir que precisamente porque está en las candilejas no se lo reconoce como un misterio; se vuelve la Piedra rechazada por los constructores. El carácter de misterio se ve oscurecido porque el fenómeno es tan exotérico, tan manifiesto. Lo exotérico es la mejor ocultación, el mejor escondite del misterio esotérico del alma. Esto es análogo a la visión de Jung de que el ego, que pretendida y ficticiamente es lo mejor conocido y lo mas evidente, es en realidad un insondable cuerpo oscuro (OC 14:129) En efecto hay buenas razones para creer que ha habido un cambio fundamental en la historia del alma.

El proceso de individuación como un todo pertenece a la psicología histórica, arqueológica. Sus imágenes no son irreales, pero representan la realidad del pasado, de lo que habiendo estado una vez al frente de la vida, es ahora histórico en nosotros. Las imágenes no representan la realidad del presente. toda nuestra psicología personal con todos nuestros sentimientos de significado es "historia hundida”, son las reales condiciones de vida de eras anteriores, colapsadas o condensadas e interiorizadas . al insistir porfiadamente en nuestros sentimientos de profundo significado evocados por la experiencia de individuación, nosotros en tanto que gente moderna, estamos por así decirlo jugando a ser “chamanes africanos” o “brujos” -sin admitir sin embargo que estamos meramente representando estos papeles. En un sentido somos como turistas que contemplan un espectáculo de danza tribal o una sesión chamánica, y como estamos profundamente conmovidos por ello en nuestros sentimientos personales, tomamos este sentimiento como marca de verdad, cerrando nuestros ojos al hecho de que estamos presenciando una mera atracción turística. Ciertamente, este espectáculo es la exhibición de una antigua verdad, pero esta exhibición misma no tiene ya más el status de verdad .


La psicología es incapaz de ver el opus magnum de hoy, el opus del máximo beneficio, como el opus magnum del alma de hoy ( o más bien como una fase, la presente, de ese opus en curso). La psicología siente que tiene que despreciarlo como un desarrollo equivocado, tiene que negar su origen en el alma, negar que es la forma presente de la vida simbólica del alma. ¿Por qué? Debido al error básico de la psicología, que es que opera con (y dentro de) la oposición de “individual” y “colectivo”. La poderosa dinámica de máximo beneficio en el contexto de la competición global no es ni individual ni colectiva (un término que hablando estrictamente no denota nada más que un tipo de plural de “individual”, en todo caso. Denota una “colección de individuos”). Esta dinámica no tiene nada que ver con la gente, es de un orden completamente diferente. Es la lógica de nuestra realidad, la lógica o la verdad en la que estamos (sin tomar en cuenta si somos sólo las aturdidas víctimas de este proceso o, en tanto que administradores en la industria o cosas afines, somos participantes activos y contribuímos a ella) Por supuesto, “lógica” no en el sentido de la Lógica formal abstracta. Lo que quiero decir es una lógica concreta, una realidad, una dyamis: psico-lógica. Es el movimiento real del alma; es la vida del alma, que es vida lógica

La miseria de la psicología es que se ha perdido la capacidad de afrontar las cuestiones (serias, profundas y urticantes) que Giegerich expone con su característica claridad. La miseria de la psicología consiste en que la dinámica que rige al mundo hoy haya devenido inadvertida e incomprensible para los mismos psicólogos, quienes aquejados de una total falta de sensibilidad para la historia y para el presente, se vuelven hacia un interior “individual” en el cual recontarse los mitos, las leyendas y los cuentos de antaño, a fin de vivir como si nada importara, como si lo anímico fuera una sustancia permanente, o un objeto inmodificable, e insistieran en dotar de significado individual a una existencia siempre librada a y determinada por esa misma desarrollo histórico-lógico, no sólo inexorable, sino también misterioso. No advierten que el misterio ya no habita dónde una vez habitó, y que los antiguos símbolos, las remotas leyendas y los cuentos infantiles son cáscaras por las que ya no circula la lógica que mueve al mundo.

Es así como la misma “psicología profunda” inadvertidamente cava su propia tumba para ser suplantada por la mucho más eficaz “neurociencia” o diluirse ante la oferta de “soluciones” eficaces y pragmáticas a los “trastornos individuales” en un supermercado terapéutico. Al fin y al cabo en todos estos casos se deserta del alma y se propugna una inmediatez no reflexiva (lo “interior” o lo “exterior”), no psicologizada, no interiorizada hasta sus últimas consecuencias. La “profundidad” deviene así una metáfora “superficial” para una interioridad contenida en una exterioridad inexorable, impasible, supuestamente inacccesible al logos de la psique